Por ligero que sea el peso que logre desahogar o gratas las experiencias que pueda compartir, agradezco a las letras su disposición de ser testigos mudos de mis idas y venidas, debrayes, dilucidaciones, infamias y una que otra corrupción.
Y si existiese la mínima posibilidad de considerar que no es su deseo ser acompañantes mías a lo largo de este viaje, las tomaría por sorpresa en alguna biblioteca, las secuestraría de los subtítulos de la película proyectada del cine o simplemente las torturaría con la amenaza de convertirlas en números imaginarios en caso de oposición.
Quien tenga deseos de leer mis palabras, bienvenido sea, que un poco de mi esencia quedará plasmada en código binario por los caminos de la red global y será la huella de un tiempo y un espacio; únicos, que no se repetirán por más vuelcos que dé la vida.
Éstas son mis memorias, mis letras y mis metidas de pata; mis olores, escenarios y creaciones. El telón se abre y se ilumina el proscenio. Éste soy yo, y ésta, mi azul rapsodia.
