Veinte es el número normal de dientes de leche de un humano, así como las leguas multiplicadas por mil que recorre el Nautilus. Pero ahora, veinte son los años que he cargado en mis piernas blancas de pollo, debajo de mis ojeras permanentes y por encima de la capa de piel que alberga mis pecas. ¡Enhorabuena! Porque de ser japonés estaría en la celebración de mi mayoría de edad y porque es más fácil comprar veinte velitas para el pastel sin que sobren, ni falten.
Debo aclarar a aquellos que no han pasado por esta transición que la sensación es la misma. Me siento igual que hace una hora, quizá un poco más cansado y menos activo, pero eso sin duda se lo atribuyo a la hora y al paso inmediato del tiempo. Aún no tengo canas y mis huesos parecen responder de la misma forma a como lo hacían hace unas cuantas semanas. Los ojos, de por sí jodidos, no presentan nuevos males más que los comunes: la miopía, el astigmatismo y el daltonismo.
Quisiera, por pura diversión, mirar al espejo y encontrar a una persona diferente a la que vi esta mañana; más barbón, unos cuantos centímetros más alto y con nuevas y renovadas historias para contar. Ver que se le va un poco más el avión y saber que de vez en cuando se olvida de dónde dejó su chela. Por supuesto que me reiría por un momento, pero estoy muy agradecido de que tantos cambios no ocurran en 365 días (o 366 según sea el caso), y mucho menos en un simple movimiento de manecilla corta.
Y cómo siempre sucede en estos días, 16’s de marzo de cada año, se hace un recuento desde la estación pasada hasta que el tren se detiene un poco en esta nueva. Hay vagones súper llenos, varias maletas en el mismo compartimiento, nuevos pasajeros –uno que otro que decidió saltar por la ventana con el tren en movimiento- pero la chica del café sigue sonriendo cuando se le pide más azúcar. Qué bien que Chaparro comparta el vagón y que permita que suba mis tenis mugrosos a los asientos, sin repelar.
Levanto las manos y muevo la cabeza al ritmo de una música lounge. Soy más sabio que antes porque he vivido más. Sé más cosas y puedo tomar sake legalmente en Japón. Quizá tenga más arrugas, menos cabello y glóbulos rojos en menor cantidad, pero lo bailado, nadie me lo quita.